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Margaret Thatcher y Sarita Montiel: la sal y la pimienta

Jenaro Villamil

Thatcher MontielExtrañas coincidencias mortuorias. El mismo día fallecieron dos mujeres que hicieron historia: una por ser conservadora y aplicar a rajatabla las tesis de Milton Friedman sobre el “Estado mínimo” en el viejo imperio británico, otra por ser la última gran diva del cine español, de la zarzuela y del salero.

Margaret Thatcher, a los 87 años de edad, falleció sin dejar muchos deudos en Gran Bretaña. El Trending Topic #NoStateFuneral (no a los funerales de estado) refleja el poco afecto de muchos ingleses contra quien gobernó de 1979 a 1990.

Thatcher fue el ícono de una ola neoliberal que se instaló en el mundo en la década de los ochenta junto con el mal actor Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, el dictador chileno Augusto Pinochet (tan admirado por la británica) y por Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, en México.

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Una Dama de Hierro Improbable

Jenaro Villamil

En la secuencia inicial vemos a una anciana que huye de sus cuidadores para ir a comprar un kilo de huevos a un supermercado. Cruza la calle como si la persiguiera su conciencia. En realidad, es una travesura para romper el confinamiento. Muchos segundos después, nos daremos cuenta que la Margaret Thatcher que dialoga con su esposo y prepara su ropa, que vigila a los mayordomos y damas vigilantes es, en realidad, una Dama de Hierro desvencijada.

Ese desafío de presentar a la mujer más poderosa de la década de los ochenta –y quizá de todo el siglo pasado- al borde de la locura, culposa y olvidadiza, se traiciona a sí mismo conforme transcurre la cinta. La directora Phyllida Lloyd tuvo temor o autocontención. Tal vez temió la condena de los conservadores que, de todas maneras, descalificaron su película por agredir a uno de sus íconos más importantes. También los numerosos críticos y víctimas de la política antisindical, antiirlandesa y profundamente belicosa de Thatcher acabaron por desdeñarla.

Y de la Thatcher absolutamente desvalida, igual que muchos adultos mayores a los que ella les cortó la pensión, pasamos a la hagiografía de la primera ministra británica, en largos y confusos flashback, con muchos tonos naive, que hacen insufrible lo que todo mundo sabe en Gran Bretaña que fue una pelea entre lobos para mantener el poder autoritario y la herencia del thatcherismo.

La película se convierte no en un retrato de la otra cara de la Dama de Hierro, viuda, sola, dialogando con sus fantasmas, sino un fallido intento de explicar y justificar el thatcherismo. Por ejemplo, el episodio de la guerra de Las Malvinas es patético. La película pretende encontrar heroísmo donde sólo hubo exceso de imperialismo venido a menos. Se ignoran o evaden los detalles del conflicto nacionalista irlandés. Y mucho menos se menciona el papel siniestro de la ex primera dama en la primera parte de la epidemia del Sida en Gran Bretaña. Muy diferente a lo narrado, por ejemplo, en la serie de la BBC, La Línea de la Belleza, basada en la extraordinaria novela de Hollinghurst.

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