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Salinas en Proceso, Memoria del Futuro

Jenaro Villamil

“El candidato del PRI está diciendo una cantidad de cosas que suenan muy bien, pero resulta que él fue probablemente el autor de la política económica de este sexenio del desastre”.

Ese fue el diagnóstico del dramaturgo Emilio Carballido, en 1988, cuando Radio Tabasco lo entrevistó para que hablara sobre Carlos Salinas de Gortari, mejor conocido como Salinas Recortari por su papel en el “sexenio del desastre” que fue el de Miguel de la Madrid.

Salinas de Gortari volvió a revivir ahora en los “funerales de Estado” de Miguel de la Madrid, en el Palacio Nacional. Y la anécdota de Carballido, el autor de Silencio, Pollos Pelones, ya les van a Echar su Maíz, toma una nueva actualidad.

Esta anécdota, escrita por Federico Campbell en el reportaje “Entre Nexos Vuelta”, es uno de los que abre la edición “Salinas en Proceso”, el recuento trepidante de los últimos 25 años de la historia del “villano favorito” de la política mexicana y la revista fundada por don Julio Scherer García y dirigida por Rafael Rodríguez Castañeda.

El libro compila en 4 capítulos y en 700 páginas, los reportajes más importantes de Proceso sobre la trayectoria de este personaje que una vez sí y otra también insiste en ocupar el papel de “Gran Broker” de la política.

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Calderón de Cuerpo Entero, por Julio Scherer García

Jenaro Villamil

No hay en las 127 páginas que conforman el nuevo libro de Julio Scherer García ni una línea para el sosiego. Desde el principio sabemos que nos vamos  a enfrentar a una disección documental, testimonial y reflexiva del personaje que llegó a la presidencia de la República en 2006 para convertir al país en un territorio de su peculiar guerra. Una guerra política, militar, anímica.

Inicia Scherer, periodista-cirujano, a diseccionar la corrupción que engendra el calderonismo con dos facturas, del 28 de abril de 2006 y del 19 de abril del mismo año por un importe de 11 millones 999 mil pesos, expedido a la compañía de Hildebrando Zavala, hermano de Margarita, cuñado de Calderón, para la “captura de datos de simpatizantes de candidatos de Acción Nacional”.

Otro documento acredita la expedición de un cheque por la misma cantidad, de la Dirección de Administración y Finanzas del PAN, para pagarle a Hildebrando S.A. de C.V., autorizado por Arturo García Portillo.

Scherer comienza la pesquisa. Corrobora con Manuel Espino, dirigente nacional del PAN durante esa campaña, que los documentos y las cantidades son reales. Nó sólo eso. Realiza un viaje a través de la memoria de Espino para perfilar el estilo de Calderón.

“El gusto por la bebida es viejo en el presidente. Le ha hecho daño a él en lo personal y al país. Voy a ocuparme con usted de hechos públicos. No se me ocurriría mentir o difamar; mucho menos calumniar”, afirma Espino en la página 39 del libro.

Los desencuentros entre Espino y Calderón fueron múltiples. Anticiparon el estilo personal del actual mandatario de maltratar a sus colaboradores y a los dirigentes del PAN. Incluso, relata cómo Calderón le da la orden de “bajar a Ana Rosa Payán en su intento de ser candidata” a gobernadora por Yucatán. Entidad que Acción Nacional perdió frente al PRI en 2007.

El viaje va más allá. Don Julio sostiene una conversación con otro viejo conocido de Calderón, Luis Correa Mena, ex alcalde de Mérida, “hermano” del titular del Ejecutivo federal en los tiempos que ambos eran los más leales a Carlos Castillo Peraza. La traición de Calderón a su mentor político es clara.

Una tercera voz en este concierto es la de Alfonso Durazo, colosista, colaborador de Vicente Fox, desengañado del PRI y del PAN. Recuerda que era tan pesado Calderón que los propios diputados federales que coordinó entre 2000-2003 le apodaron El Erizo.

“La biografía política de Felipe Calderón lo ubica como un hombre desconfiado y arrogante que subordina su inteligencia a lo visceral y a lo inmediato. Contrario a la opinión pública de que es un hombre de ‘mecha corta’, siempre he tenido la impresión de que no tiene mecha. Es un sujeto de un temperamento primario, se conduce por impulsos, no por razonamientos”, sentencia Durazo.

Y ya lo vimos a lo largo de casi seis años de guerra fallida contra el narcotráfico. Sin consultar a nadie de sus más cercanos, ni a su partido, Calderón emprendió una batalla contra los cárteles que ha cobrado más de 50 mil vidas. Desesperado, ahora insiste que fue una decisión necesaria y heorica, que quienes lo critican apoyan a los delincuentes. Maniqueísmo puro. En un sexenio no quiso darse cuenta que la crítica no era por el combate al crimen organizado sino por las malas tácticas y estrategias aplicadas.