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Kadafi y la Primavera Arabe

Jenaro Villamil

Imagen: Reuters.

Como si fuera una mala réplica de Al Pacino en una película otoñal de mafiosos italianos, Moamar Kadafi se vistió de negro, se colocó anteojos oscuros y un sombrero del mismo color, se subió a un auto descapotado y apareció como un holograma en las calles de Trípoli, la capital libia, en una clara demostración de sobrevivencia y manejo mediático único.

Kadafi agitaba las manos, lanzaba gritos ante decenas de seguidores que quizá temían más por su vida frente al dictador que gobierna desde 1969 esta nación magrebí que por el bombardeo que horas antes repitieron los aliados de la OTAN. Kadafi  ordenó que la televisión oficial libia grabara esta imagen que vale más que decenas de bombardeos.

El recorrido de Kadafi dio la vuelta al mundo, justo en el mismo momento que autoridades de la ONU, de países europeos, de la Liga Arabe se reúnen en Doha, la capital del emirato árabe de Qatar para discutir el futuro de Libia. Kadafi demostró su legendaria capacidad de sobrevivencia política y mediática cuando los países aliados en la OTAN se han confrontado sobre la viabilidad de los bombardeos que no han hecho mella sobre el gobierno del autor del Libro Verde.

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Conque también el anciano, paranoico y lunático zorro de Libia –el pálido, infantil dictador de colgantes carrillos, nacido en Sirte, dueño de su propia guardia pretoriana femenil y autor del ridículo Libro Verde, quien una vez anunció que llegaría en su blanco corcel a una cumbre de los No Alineados en Belgrado– va a rodar por tierra. O ya rodó. La noche del lunes, el hombre al que vi por primera vez hace más de tres décadas, saludando con solemnidad a una falange de hombres ranas uniformados de negro que marchaban azotando con las aletas el ardiente pavimento de la plaza Verde en una noche tórrida de Trípoli, durante un desfile militar de siete horas, parecía estar de huida al fin, perseguido –como los dictadores de Túnez y El Cairo– por su propio pueblo enfurecido.

Las imágenes en YouTube y Facebook relatan la historia con un realismo granoso y opaco, la fantasía trocada en incendios y cuarteles de policía en llamas en Bengasi y Trípoli, en cadáveres y fieros hombres armados, en una mujer que se inclina pistola en mano desde la portezuela de un auto, en una multitud de estudiantes –¿serían lectores de la literatura del tirano?– haciendo pedazos una réplica en hormigón de su espantoso libro. Balas, llamas y gritos por celular, vaya epitafio para un régimen al que todos apoyamos de cuando en cuando.

Y aquí, sólo para enfocar nuestra mente en el cerebro del deseo en verdad excéntrico, va una historia verdadera. Hace apenas unos días, mientras el coronel Muammar Kadafi enfrentaba la ira de su pueblo, se reunió con un viejo conocido árabe y pasó 20 minutos de cuatro horas preguntándole si conocía un buen cirujano plástico que le levantara las mejillas. Es –¿tengo que decirlo, tratándose de este hombre?– una historia cierta. El anciano tenía mal aspecto, con la cara colgante e hinchada, sencillamente la de un magnoon (loco), un actor de comedia que entró en la tragedia en sus últimos días, desesperado por la última maquillista, la llamada final a la puerta del teatro.

En esa hora, Saif al-Islam al-Kadafi, fiel recreador de su padre, tuvo que subir por él al escenario mientras Bengasi y Trípoli ardían, y amenazar con el caos y guerra civil si los libios no volvían al redil. Olvídense del petróleo, olvídense del gas, anunció este bobalicón acaudalado. Habrá guerra civil.

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