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El pacto AN-PRI se anunció antes a Washington

Blanche Petrich

Periódico La Jornada

Lunes 23 de mayo de 2011, p. 5

Fernando Gómez Mont, uno de los artífices del fallido pacto entre PAN y PRI en 2009. Foto: Guillermo Sologuren. Imagen: jornada.unam.mx

El gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, comentó en agosto de 2009 con el entonces encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos, John Feeley, la posibilidad de que el PRI y el PAN firmaran un pacto que permitiría al partido oficial obtener los votos necesarios en la Cámara de Diputados para aprobar la iniciativa presidencial para el presupuesto de ingresos 2010, que incluía un aumento de 2 por ciento al llamado “impuesto antipobreza”. A cambio, el blanquiazul prometía no aliarse con el PRD para la contienda electoral mexiquense en julio de 2011.

Tres meses después, efectivamente ese pacto se firmó en secreto con tres firmas al calce: las de los entonces presidentes del PAN, César Nava, y del PRI, Beatriz Paredes, y del en ese tiempo secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont. El documento –primero negado y después ventilado en medio de un fuerte choque entre los dos partidos– tuvo un curso desafortunado para el blanquiazul y a la postre se cobró los puestos del propio Gómez Mont y de Nava.

Textualmente, Feeley –quien ahora vuelve a fungir como encargado de negocios, ante la renuncia formal del embajador Carlos Pascual– relató así lo que el gobernador le comentó en esa reunión en Reforma 305, en el cable diplomático 09MEXICO2579, filtrado por Wikileaks a La Jornada:

“Peña Nieto habló sobre las perspectivas de la próxima sesión legislativa (que tenía que aprobar la ley de ingresos a más tardar el 20 de octubre), haciendo notar que su partido, el PRI, estaba considerando cuidadosamente colaborar con el gobierno de Calderón para abordar los problemas económicos del país, sin dejar de evaluar el costo político que pagaría por esta colaboración, sobre todo si se trataba de aumentar impuestos.”

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Los Nanócratas de Calderón

Patricia Flores. Imagen: http://www.publimetro.com.mx

No son tecnócratas porque su paso por la alta burocracia financiera es inexistente, sus doctorados no brillan y su especialización en las áreas que ocupan es prácticamente nula. No son gerentes como el gabinete de Vicente Fox porque ninguno ha administrado una empresa propia aunque varios hayan sido empleados de trasnacionales. Y sólo uno de los más cercanos, Juan Camilo Mouriño, aspiró a ser heredero de una serie de empresas familiares de dudosa procedencia y heredero fallido del gobierno de su amigo.

Tampoco constituyen una clase política porque para eso se requiere liderazgo, cohesión, proyecto claro, redes múltiples entre las élites y capacidad de operación política. Ya ni pensar que se trata de futuros candidatos presidenciales porque cualquier sondeo de opinión indica que son conocidos, si acaso, por sus familiares.

En realidad, el equipo más cercano a Calderón es una colección de nanócratas. Es decir, especialistas en la millonésima parte de su materia de estudio. Tan infinitesimales como su trayectoria. Tan efímeros como el parpadeo de un sexenio frustrado. Surgieron como generación espontánea porque tampoco tienen carrera de partido –salvo su jefe que llegó a dirigir a Acción Nacional-, si acaso los vincula su paso sin huella por la Escuela Libre de Derecho y la apropiación de las áreas clave de gobierno (Los Pinos, la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Hacienda, la Secretaría de Economía, la Secretaría de Desarrollo Social y buena parte de las decisiones en materia de seguridad pública e inteligencia política).

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Elecciones Indecentes

Gabino Cué. Imagen de: http://www.terra.com.mx

Una singular epidemia de cinismo recorre ahora a la clase política. Por un lado, tenemos a Miguel Angel Yunes, rey de la mapachería electoral, clamar que en Veracruz se cuente “voto por voto” como si se tratara de un simpatizante lopezobradorista del 2006. Por otro, César Nava, Jesús Ortega y Manuel Camacho levantan euróficos sus brazos para demostrar que las alianzas electorales sí funcionaron aunque ninguno de los candidatos ganadores sea un panista de larga tradición y mucho menos un militante de la izquierda. Y Beatriz Paredes, que hace apenas una semana aparecía rodeada de la cúpula priista como la gran lideresa frente a la tragedia de Tamaulipas, ahora está más sola que nunca, en la soledad de una victoria pírrica para el PRI en 9 de 12 entidades.

Indecente es un calificativo menor para unas elecciones que desde las campañas estuvieron teñidas de violencia, de equívocos y de un muestrario de guerra sucia que llegó a tales niveles de bajeza que ni siquiera hubo tiempo de asimilarlas, mucho menos de analizarlas. Tampoco habrá tiempo de sancionarlas porque renunció la fiscal especial de la Fepade, Arely Gómez, en una clara demostración de intervencionismo calderonista.

El doble lenguaje predominó en toda la contienda. Algunos priistas llamaron “contra natura” las alianzas del PAN y del PRD, pero también las utilizaron para colocar a sus candidatos –como en el caso de Sinaloa y de Durango-, en el mejor ejercicio de gatopardismo que se haya visto. En varios estados las alianzas opositoras sirvieron para reciclar a los priistas perdedores de las contiendas internas.

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