Ratzinger y el caso Maciel

Imagen: elconomista.com.mx

Este es un reportaje original para este blog

En junio de 1999 el obispo coahuilense Carlos Talavera sostuvo una audiencia privada con el cardenal Joseph Ratzinger, cabeza de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe. Llevaba una extensa carta del sacerdote Alberto Athié, quien por recomendaciones del nuncio Justo Mullor, le expuso al actual papa Benedicto XVI su testimonio sobre el escándalo de los abusos sexuales cometidos por Marcial Maciel, fundador y guía de los Legionarios de Cristo.

“Lamentablemente –le respondió Ratzinger a Talavera después de leer la carta- no podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del santo padre Juan Pablo II y ha hecho mucho bien a la Iglesia”.

Talavera “se quedó helado con las palabras de Ratzinger”, rememora el doctor Alberto Athié. Este ministro, que presidía dos comisiones claves de la Conferencia Episcopal Mexicana –la de pastoral social y la pastoral para la paz y la reconciliación-, finalmente renunció al sacerdocio en marzo de 2003. Su decisión fue el colofón de un largo y soterrado enfrentamiento con el cardenal Norberto Rivera, a raíz justamente de su insistencia por cumplir con un viejo compromiso que realizó en 1995 con José Manuel Fernández Amenábar, ex legionario, ex rector de la Universidad Anáhuac y una de las víctimas de Maciel: conseguir la justicia.

Ahora, casi seis años después de aquella sentencia de Ratzinger, el caso del padre Maciel se reabrió formalmente el pasado 2 de abril con una averiguación previa iniciada por el fiscal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles Scicluna, según confirmaron a Proceso tanto Athié como el profesor José Barba, otra de las víctimas del fundador de la Legión.

Antes de esta fecha, el 2 de diciembre de 2004, la canonista austriaca Marta Wegan, quien representa a ocho ex legionarios que acusan a Maciel de pedofilia, les envió a los demandantes una notificación de que la Congregación para la Doctrina de la Fe reabriría el caso.

La decisión fue súbita. Apenas dos semanas antes, el 26 de noviembre de 2004, Juan Pablo II, a pesar de sus dolencias físicas, encabezó el homenaje a Maciel por sus 60 años de servicio sacerdotal. Ante la presencia de legionarios de 16 países, Juan Pablo II alabó a este ministro mexicano oriundo de Cotija, Michoacán por “promover los valores de la familia y de la persona humana, los centros universitarios de estudio y de formación”.

Un día después de este homenaje a Maciel, la religiosa Teresinha leyó una nota de protesta en el aula Paulo VI de El Vaticano reclamándole a la curia que su congregación fue ninguneada en su solicitud de audiencia con Juan Pablo II, a cambio de apoyar a un sacerdote “de dudosa moralidad”. José Barba precisa que los asistentes al aula le aplaudieron a la religiosa durante 6 minutos continuos.

“Todas estas cosas pudieron influir para que se tomara una acción rápida”, especula Barba. Además, acota el actual profesor del ITAM, en los festejos de los 60 años de Maciel no estuvo presente el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

Justicia, Imagen y Credibilidad

La argumentación fundamental de Athié y de Barba es que, a diferencia de Juan Pablo II, Ratzinger no puede excusarse con el desconocimiento del caso.

Por lo menos, desde que el escándalo se destapó públicamente en 1997 a través de un reportaje en The Hartford Courant, de Estados Unidos, Ratzinger conoció directamente los testimonios y las denuncias por pedofilia y abusos sexuales de Maciel. Hacer justicia a las víctimas, reconocen ambos, será una de las pruebas más difíciles para “la credibilidad” del nuevo pontificado.

“Lo único que hemos ganado –subraya José Barba- es que si antes dudábamos si el papa sabía, ahora es claro que sí sabe del caso, pero desconocemos qué va a hacer. Sabemos que es una situación muy difícil. Si se tomara una decisión firme y ejemplarizante para todos los católicos, no sería en detrimento de la fe sino en apoyo de los valores que la iglesia dice defender”.

Athié, por su lado, realiza la siguiente interpretación:

“Si la intención de reabrir el caso es un asunto de mantener limpia la imagen de la institución y limpio el prestigio de la curia, por encima de la justicia, estamos exactamente en la misma crisis estructural de la iglesia que se llama encubrimiento institucional.

“Si el proceso conduce a un procedimiento judicial en términos distintos y por tanto se abre un juicio al respecto, estamos caminando hacia lo que siempre se ha esperado: que se haga justicia a las víctimas, que se conozca la verdad del caso, se reivindique la honorabilidad de las personas afectadas y la búsqueda de caminos de reconciliación.

“Si se queda sólo en la imagen, esto va a dañar todavía más ya no sólo la memoria de Juan Pablo II sino al papa Benedicto XVI como conocedor directo del caso. Ratzinger no puede decir que no conoce el caso. Si lo hace, su credibilidad se derrumba completamente”.

Barba señala que después de la investigación que consiste en recopilar los testimonios documentales, históricos y las entrevistas con las víctimas se hará una evaluación por parte de El Vaticano.

“De ninguna manera –subraya- hemos invitado a nadie. Digo esto por que Armando Arias Sánchez, apoderado de los Legionarios, Jorge Luis González Limón y Valente Velázquez Camarena, quien estuvo trabajando con un hermano del padre Maciel, nos levantaron falsos testimonios y los notariaron desde el año 96 y 97, inspirados bien por Marcial Maciel o por otros legionarios para que no se publicara el primer artículo del 23 de febrero de 1997”.

-¿Tienen algún valor para las investigaciones recientes estos testimonios de defensa a Maciel?

-No creo que estos falsos testimonios tengan valor porque ya los mismos Legionarios los quitaron de su página de Internet.

La cobertura de Rivera a Maciel

Durante la extensa entrevista con Athié, quien actualmente trabaja como consultor para proyectos en contra de la extrema pobreza en varios estados del sur del país, el ahora ex sacerdote reconstruyó paso a paso su acercamiento al testimonio de Fernández Amenábar, en diciembre de 1994, su involucramiento con los otros ex legionarios a raíz de que oficiara la misa de su funeral, en febrero de 1995 y, sobre todo, sus enfrentamientos con Norberto Rivera, a raíz de que se destapara el escándalo el 23 de febrero de 1997.

Athié le enseñó a Rivera una copia del artículo de The Hartford Courant. Días antes, el entonces obispo de la Ciudad de México le declaró al reportero Salvador Guerrero Chiprés que todo era producto de un “complot contra la Iglesia”. A Athié le reviró: “¿no entendiste lo que dije? Todo es un complot. No tengo nada más de qué hablar. Hasta luego padre Athié”.

“Esto me desconcertó muchísimo porque ni siquiera me escuchó –indica Athié-. El pudo haberme dado una orden como autoridad, pero ni siquiera eso hizo. A los tres días, encontré una foto publicada en La Jornada donde Rivera aparece con Jerónimo Prignione y Marcial Maciel hablando muy amigablemente”.

Norberto Rivera le volvió a propinar otro “descontón” a Athié. Después de que sostuvo una entrevista con Guerrero Chiprés, el sacerdote le advirtió al obispo que saldrían sus declaraciones en relación con el testimonio de Fernández Amenábar. “Tú eres responsable de lo que vas a decir”, le respondió Rivera y le colgó el teléfono.

“A partir de ese momento, mi relación con Rivera comenzó a ponerse más y más complicada”, subraya Athié. Quien lo escucha y le aconseja escribirle una extensa carta a Ratzinger fue el entonces nuncio apostólico Justo Mullor. Él le precisó: “la instancia de la Iglesia católica para este tipo de casos tan especiales es la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe”.

Mullor le ordenó expresamente que escribiera una carta personal a Ratzinger, que le contara su experiencia “tal y como usted la vivió, sin juicios de valor”. “Búsquelo personalmente, no vaya usted a entregarle la carta a nadie ni a platicarle a nadie de esto que no sea él”, le recomendó el nuncio.

Dos veces intentó Athié sostener una audiencia privada con Ratzinger, pero nunca lo recibió. Decidió buscar la intermediación del obispo Carlos Talavera. En junio de 1999, Talavera le entregó la misiva al cardenal. Él le respondió que no era prudente abrir el caso.

A los pocos meses, entre agosto y septiembre del mismo año, Athié recuerda que el cardenal Norberto Rivera le dio la siguiente orden: “tú terminas tus servicios al frente del Episcopado”. De golpe, lo corrió. El entonces presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, Luis Morales Reyes, intercedió por él.

Rivera buscó de nuevo a Athié. “Me regañó, me dijo que yo había interpretado mal las cosas y que, en realidad, lo que él pensaba era darme un cargo si yo me comportaba adecuadamente. Le respondí que no quería ningún cargo sino solicitar un año sabático”.

Athié esperó para dejar la diócesis. Durante seis meses trabajó en el equipo de transición de Vicente Fox en el 2000. Después se fue a Chicago. Ahí “me encontré con la explosión de la bomba atómica de los más de 3 mil niños abusados sexualmente. Ahí llegué a mi límite. Entonces decidí retirarme del ministerio”.

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